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Es evidente que no todos los hombres son iguales, pero sí tienden a compartir, en distintos grados, muchos elementos en torno a aspectos como la sexualidad, el uso del alcohol o el manejo de sentimientos.
El espacio emocional es menos desarrollado en el hombre, no por razones biológicas, sino porque la sociedad así lo permite. Lo ve con recelo porque las emociones le hacen sentir que va a perder el control de sí mismo y se siente vulnerable. Por tanto, las evita y reprime lo más posible.
Todo este esfuerzo es realizado con el fin de ser un "súper" hombre y demostrar que es superior. Esta idea es una construcción externa, social, impuesta.
La sociedad dice que sentir es sinónimo de debilidad y sólo interesa a las mujeres: "no chille, usted es hombre" o "aguántese como los machos". Cuando el hombre intenta llenar este molde de macho, enfoca toda su atención a las expectativas externas de ser superior a su mujer, hijos e hijas y a todas las demás personas.
Esto no quiere decir que no sienta o no tenga emociones, es sólo que prefiere no hacerles caso. La consecuencia es que la mayor parte del tiempo tiene conflictos en esta área. Pero como es de débiles sentir, entonces prefiere tratar de demostrar constantemente que no tiene miedo ni dolor, que le importa poco lo que suceda porque considera heroico y masculino sufrir sin quejarse.
Sin embargo, las emociones están presentes, y el hecho de contenerlas y no poder expresarlas como las siente es un proceso doloroso y confuso. ¿Qué hace con el amor que siente y no puede expresar porque sería mostrar su lado débil? ¿Qué hace con sus afectos si no puede mostrarlos a quienes ama o cuando un ser querido muere y él no debe llorar porque es hombre? Se siente frustrado, impotente, inquieto, se aísla de un contacto real, desarrollando una coraza que lo muestra como alguien que no siente, indiferente, que no ama.
En situaciones en las que el hombre se siente sin poder e inseguro, no expresa su ira y frustración o las enfrenta de formas convenientes a la circunstancia; sin embargo, donde sabe que no habrá dificultades o consecuencias de lo que hace (con su esposa, en el ámbito familiar, con su pareja) puede llegar a mostrarse violento y prepotente. Es así como suple una carencia personal con abuso de poder sobre otra persona. En general hay muy pocas consecuencias sociales negativas para esta conducta, por lo que se siente seguro repitiéndola una y otra vez. Es importante ver que éste es un conflicto interno y por tanto la pareja no tiene como influir en el cambio de esa actitud.
Los hombres no están locos ni fuera de sí cuando llevan a cabo un acto violento. Si realmente se lo proponen, los agresores pueden cambiar, pueden aprender a contactar sus emociones y necesidades, a relajarse, manejar y controlar su cólera, cuestionar sus afirmaciones, a aceptar sus fallos y no culpar a otras personas. Pero todo esto requiere un esfuerzo por lo que muchos hombres deciden no cambiar y seguir negando la agresión, la cual, dicho sea de paso, está bien apoyada por muchos sectores sociales.
Se puede establecer una combinación de características comunes que están asociadas de forma más o menos constante con el maltratador doméstico. Se podría afirmar que los hombres que en su infancia hayan sido testigos de experiencias de maltrato, que no están trabajando, que tengan rasgos de personalidad antisocial y depresiva, que abusen del alcohol y/o de las drogas tienen una probabilidad mayor de ejercer maltrato contra su pareja.
La combinación de un estatus ocupacional bajo y el abuso del alcohol aumenta en ocho veces la probabilidad de aparición de conductas violentas. Sin embargo, éstos sólo son indicadores, variables que en ocasiones están presentes, no son la causa de la violencia ni es necesario que forzosamente estén para que se dé el acto violento.
Dentro de la población de maltratadores se han podido identificar dos tipos principales de agresores, los dominantes y los dependientes. Los maltratadores dominantes muestran, con mayor frecuencia, rasgos de personalidad antisocial, y son los que ejercen las conductas más violentas tanto dentro como fuera del hogar. Por otra parte, los maltratadores dependientes tienden a ser depresivos y celosos y ejercen la violencia únicamente en el ámbito doméstico.
Los datos escogidos de entrevistas clínicas ponen de manifiesto que en la mayoría de los casos de maltrato doméstico las primeras agresiones físicas empiezan durante el período de noviazgo o al principio del matrimonio. Una vez que ha surgido el primer episodio de maltrato, y a pesar de las muestras de arrepentimiento, la probabilidad de nuevos episodios (y por motivos cada vez más insignificantes) es mucho mayor. Muchos maltratadores pueden permanecer por tiempo indefinido agrediendo psicológicamente a sus víctimas, en otros casos el maltrato psicológico va en aumento, sumándose a estos actos la violencia física.








