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viernes, 21 de enero de 2011

AYUDA PSICOLÓGICA POR INTERNET

Si sientes que no puedes continuar adelante, la vida te abruma, sufres ansiedad o depresión, hay fundaciones que pueden ayudarte. Una de las más conocidas actualmente es El Centro SIMI de Salud Emocional, SIMISAE.



CONSULTA PSICOLÓGICA ONLINE GRATIS

En SIMISAE la atención es 24 horas, ya sea por teléfono, chat o directo en su sitio WEB, no tiene costo alguno. Además, si vives una situación de violencia doméstica, SIMISAE cuenta con el apoyo de la Línea Morada.

Centro SIMI para la Salud Emocional



Aquí los números:

Línea Morada: 800 911 32 32

Correo: centrodiagnostico@simisae.com.mx



La atención es gratuita, 24 horas, los 365 días del año; puedes llamar, chatear o abrir una conversación por Whatsapp. El servicio cuenta con varios psicólogos y diferentes modelos de psicoterapia. Además también hay cuestionarios de autoevaluación que te pueden servir como una guía para saber qué tipo de atención necesitas.

No esperes más.


martes, 11 de enero de 2011

Celos

Existe en Facebook una aplicación llamada "Me gusta quejarme". La idea es que los usuarios escriban y publiquen sus quejas para que lleguen a cientos o miles de personas y puedan ser comentadas, muchos sólo escriben frases que les gustan y con las que están de acuerdo. Hoy quiero comentar precisamente una de estas "quejas":



"Tener celos no es desconfiar... es amar"



Esta frase en particular tuvo la aceptación de 449 usuarios en Facebook, si bien es un número pequeño en comparación con la popularidad de otras frases (o con la millonaria cantidad de perfiles), seguimos hablando de cientos de personas que creen que los celos son un signo de que la pareja los ama.

Los "celos por amor" son uno de los mitos más extendidos en cuanto a relaciones se refiere, y también de los que más daño y maltrato causa.

Muchos justifican los celos asegurando que hay una cantidad "normal" de celos que no sólo es aceptable sino además demuestra cariño.

Lo que la gente no sabe (o no reflexiona bien) es que los celos -al igual que otras formas de maltrato- son progresivos. Es decir que aquellos que matan a sus parejas por celos no empezaron la relación con una celotipia marcada sino con lo que las personas aseguran son "celos normales".

Los celos de hecho parten de una base fundamental: "la persona me pertenece a mi y a nadie más". Tanto si hay pocos celos o celos enfermizos, en las dos situaciones se parte de un mismo principio que es de la pareja como propiedad.

Por otra parte, derivado del mito de los celos por amor, hay personas que piensan que si no son celadas es porque no las aman. De hecho muchos creen que aquellos que no sienten celos o nunca los han sentido es porque no han amado de verdad.

Quienes sostienen estas creencias confunden falsamente los celos con atención amorosa, pues tienen una percepción del amor que les indica que cuando hay cariño tiene haber conquista y posesión en vez de libertad y comprensión.

Muchos aseguran: "Si tienes celos es porque te interesa lo que pase con la persona que amas"; pero bien podrían demostrar interés por esa persona sin que haya celos de por medio.

Otros también dicen: "Los celos son naturales y por lo tanto son sanos".

Biológicamente -aseguran algunos antropólogos- los celos son una adaptación evolutiva para asegurar al padre que está manteniendo única y exclusivamente a su descendencia y no a los hijos de otro.

Se dice además que es una "adquisición" evolutiva, pues es una característica emocional que la especie humana NO poseía en sus orígenes sino que se adquirió por necesidad social al convertirse el macho en proveedor de la familia.

De manera que técnicamente, los celos no son naturales. Por otro lado, muchas cosas naturales no son necesariamente benéficas ni sanas. Muchas cosas en la naturaleza son dañinas para el hombre como plantas venenosas o las plagas.

Además los psicólogos evolutivos también aseguran que los seres humanos evolucionan socialmente mucho más rápido que biológicamente, de manera que muchos sentimientos que nos son innatos ya no nos sirven en el mundo actual y que a pesar de ser "naturales" se pueden controlar. Lo cual implica que aún cuando alguien sienta celos, eso no significa que sea bueno ni señal de interés o amor.

También significa que podemos reeducarnos para controlar nuestros sentimientos y conducta respecto a otras personas.

Así pues, los celos no tienen nada que ver con el amor o el cuidado de los seres amados; sino con la creencia de que las personas nos pertenecen y que no deben bajo ninguna circunstancia querer a otros más que a nosotros.

Los celos implican también el temor constante a perder a la pareja, la desconfianza hacia al compañero(a) sentimental y el intento de controlarlo(a) para evitar que caiga en alguna infidelidad real o imaginaria.

Ninguna dosis de celos es sana, no fortalece a la pareja en ningún sentido y sólo da pie a una relación de control y manipulación. Además de producir la constante sensación de que uno no vale lo suficiente para la pareja.

Como decía alguien por ahí: "Si los celos fueran tan inocentes y naturales no harían tanto daño".

¿Puedo sentir celos en algún momento de la vida? Sí, pero no es un signo de amor o interés, y mi pareja no tiene por qué cargar con eso.

lunes, 10 de enero de 2011

Testimonios

Muchas veces hemos dicho que los testimonios de otras víctimas de violencia son muy valiosos, pues contar tu experiencia puede ayudar a otros a terminar con el ciclo de violencia en sus vidas.

Testimonios

Por eso transcribo a continuación una noticia publicada esta semana, en donde tres mujeres dejan testimonios de los maltratos que sufrieron durante años en sus relaciones de pareja:

Olga, María y Ángeles lo pueden contar



Callaron durante años, pero lograron quitarse la mordaza y romper el silencio. Cayeron, pero se volvieron a levantar. Muchas mujeres españolas sintieron miedo en sus propias casas por culpa de sus parejas. Fueron maltratadas, insultadas, vejadas, anuladas. Pero un día vencieron el pánico y dijeron basta.

Las historias de Olga, María y Mari Ángeles son ejemplos de valentía, superación y confianza. La otra cara de la moneda de la violencia de género, que el año pasado se llevó por delante a 71 mujeres.

Olga podría haber sido una víctima más en las estadísticas de 2005, justo el año en que entró en vigor la Ley Integral contra la violencia de género. La noche del 11 de marzo, agotada y desesperada, le pidió a su marido que cumpliera su amenaza preferida, la que repetía desde que se casaron.

"Deja de meterme miedo y córtame el cuello de una vez", espetó Olga a su marido mientras le ponía un cuchillo en la mano. Pedro, alcohólico y consumidor habitual de cocaína, no cumplió su promesa. Olga llamó a la policía y ese día volvió a nacer.

El maltrato que sufrió Olga empezó a los 18 años, cuando comenzaba a salir con Pedro. Primero fue la ropa. "Estuve 17 años sin ponerme una falda y unos tacones. Mi uniforme eran unos vaqueros, un polo y siempre tenía que ir con coleta", recuerda Olga, que acaba de cumplir 40 años.

Su novio, a quien ella consideraba "imprescindible", elegía su vestuario, organizaba sus planes de fin de semana (que nunca incluían a los amigos y a la familia) y decidía con quién podía hablar y con quién no.

"Llega un momento en que no eres tú. Sólo piensas y ves a través de él", arguye Olga para explicarse a sí misma por qué no se inmutaba cuando su marido le contaba que un día le partió el labio a su ex novia. Olga estaba "anulada" y vivía en alerta permanente, atemorizada por Pedro, por sus insultos, sus amenazas y, sobre todo, por su indiferencia.

Ella hacía lo posible para evitar los constantes enfados de Pedro, que montaba en cólera porque la comida no estaba en la mesa cuando él llegaba, porque los cristales no estaban limpios y hasta porque las patatas fritas no tenían todas el mismo tamaño. Olga se sentía culpable de todo: "Acabé pensando que él no se enfadaba conmigo, sino que yo lo enfadaba a él. No me planteaba nada, sólo quería lo que él quería". Justo por eso, Olga cometió "el mayor error" de su vida y, a los 24 años, se casó.

Al poco tiempo llegaron los hijos. Trillizos. Olga se volcó en ellos y, precisamente, gracias a Pedro, Ángela y Andrea (que ahora tienen 8 años), consiguió la fuerza suficiente para plantarse y denunciar. El juez condenó a Pedro a tres años de prisión y a otros tres de alejamiento. Como no tenía antecedentes, no fue a la cárcel.

Después de pasar 17 meses en una casa de acogida de mujeres maltratadas, Olga ha rehecho su vida. Vive en pareja, ha tenido otro hijo y, a los 40 años, dice haber encontrado "el equilibrio". "Lo que más me costó fue aprender a valorarme, a sentirme capaz de hacer cosas y a que no me importara lo que pensaran los demás", explica.

Olga confía en la ley y en los jueces, pero no en las medidas de alejamiento. "No sirven de nada", sentencia. "A una mujer que quiere denunciar a su pareja le diría: denuncia, pero vete de casa primero y ponte en un lugar seguro", añade.

No es lo que hizo María Salmerón, de 46 años. Ella denunció por primera vez a su marido, Antonio, en 1999. El juez lo absolvió, pero María volvió a denunciarlo tres años después porque los insultos, las amenazas, los abusos y los golpes no cesaban.

Esa vez, el juez condenó a Antonio a un año y nueve meses de cárcel por maltrato, pero el infierno particular de María tampoco terminó ahí: un año después, el juzgado de Dos Hermanas (Sevilla) le retiró la custodia de su hija. "Hubiera preferido un cáncer que todo este tiempo de sufrimiento", confesaba María hace menos de un mes, cuando la Audiencia de Sevilla anuló la decisión del juzgado de Dos Hermanas para devolverle a su hija.

Durante los 15 meses que la niña pasó con su padre, María denunció el caso al Defensor del Pueblo, pero no obtuvo respuesta. "Pasé los meses más horribles de mi vida, pero lo peor es que mi hija está coaccionada y no ha estado bien cuidada", afirma mientras espera con impaciencia la ejecución de la sentencia que le devolverá a su hija.

A María todavía le duele el pasado. "No lo he superado, hasta que no tenga a mi niña conmigo no me creeré que todo ha terminado", lamenta. María es una de las muchas madres que, después de sufrir años de maltratos y litigios judiciales, aún tienen que sacar fuerzas de flaqueza para demostrar que sus hijos no padecen el llamado Síndrome de Alineación Parental (SAP).

Este trastorno, basado en el rechazo del hijo hacia el progenitor, no está reconocido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) ni por ninguna comunidad médica legal, pero algunos jueces le dan credibilidad.

Por todo eso, María desconfía del sistema judicial. Aun así, igual que Olga y como el 28% de las mujeres asesinadas por sus parejas y ex parejas este año, ella denunció a su agresor. Casi un 3% había retirado la denuncia y el resto de las víctimas de 2010, la inmensa mayoría (un 69%), murió sin que nadie conociera su sufrimiento.

"No denuncié por vergüenza y por mis hijos", aduce Mari Ángeles, recién separada de su marido. El día antes de su 34º aniversario de boda, tras ocho meses en los que su marido no le dirigía la palabra, Mari Ángeles entregó a Tomás su petición de divorcio.

Atrás quedaban 39 años de relación, insultos, desprecios, algún golpe y dos intentos de suicidio. "Esta ha sido mi vida, pero porque he querido", reconoce Mari Ángeles. "Me enseñaron a ser educada, a estar calladita. Pensé que ese infierno era lo que me tocaba y aguanté", confiesa. De hecho, aguantó incluso los últimos coletazos de odio de su marido, porque, hasta que Mari Ángeles se fue de casa, Tomás solo la dejaba entrar en la cocina. El salón y la habitación (excepto para dormir) estaban vetados para ella.

"¿Qué habrá hecho esta mujer?", se preguntaba el marido de Mari Ángeles cuando en la televisión veía una noticia sobre un asesinato machista. "Yo no me atrevía a decir nada, solo quería quitarme de en medio", recuerda.

Ahora, Mari Ángeles es otra mujer. Dice que se ha recuperado gracias a la ayuda de la Asociación Consuelo Berges de Mujeres Separadas y Divorciadas de Cantabria. Ya no le duele recordar que su marido la ridiculizaba delante de la gente y que eso era lo que peor llevaba: "Yo soy montañera, pero tengo asma y sólo puedo subir 1.500 metros. Mi marido lo sabía y un día subimos juntos una montaña de 2.000 metros con unos amigos. Que se largue, que baje', decía cuando me empecé a ahogar".

Mari Ángeles ha recuperado la ilusión. Su marido solía decirle que nunca llegaría a ninguna parte porque era él quien traía el dinero a casa. Ahora, con 58 años, Mari Ángeles empieza a ser independiente. En noviembre cobró su primer sueldo. "Estoy feliz cuenta emocionada, yo no había trabajado nunca y ahora, por fin, estoy haciendo cosas por mí misma".